Reflexionar como acto de gozo y resistencia

Filosofía posconcierto entre amigas: sobre el arte, el amor, el juicio y la rabia.

Theodor Adorno decía que el arte no puede separarse del contexto social que lo produce, porque todo arte es político. Pero también defendía que el arte podía generar autonomía crítica.

Hace unos días decidí camuflarme entre una horda de gente ávida y desesperada por migajas de una rebanada con moho y nostalgia. Creí estar lista y dispuesta a pasar por alto el cagadero de un pinche conservador que, por una hora y media, le daría a mi adolescente diversión por una módica cantidad de trescientos pesos.

Pondré un ejemplo que nos ayudará a imaginar esta tragedia anunciada:

Un día, por alguna razón, caes en un barsucho de mala muerte en Regina. Tus recuerdos en esa calle son más que chingones: son tan hermosos como nastys. Ese corredor, por sí mismo, se sigue sosteniendo —como muchas partes del centro— por la vida nocturna que sus capitalinxs hemos vivido y gozado. Bueno, el punto es que, por alguna razón, ese día tu alma de hace 15 o 20 años se aplasta y, como buena millennial, pide a diestra y siniestra una promoción de mojito al 2x1. Tú sabes que en esa calle se piden chelas, o por lo menos así era “en tus tiempos”, pero ese día, el ambiente sabrosamente reguetonero te dice: vas, vas.

El mesero llega con tu bebida en un bote transparente de a litro, con la hierbabuena embarrada en las paredes, y tú, con la seguridad de un vato cis hétero, le das el primer sorbo y... ¡a la vergaaaa! Tus recuerdos, de putazo y en caída libre, comienzan a desaparecer. Sabes que te acaban de servir el alcohol más barato y pirata del pinche mundo. Finges. Decides dar otro trago para agarrarle el gusto, porque sabes que ahí pasaron cosas chingonas y nomás es cuestión de entonarse. Pero eso no pasará, y lo sabes. Tu cuerpo te dice plis, no sigas, que no solo será la cruda: también llegará la gastritis. Pero tú no haces caso. Tu delirio por aferrarte a la nostalgia sigue con otro y otro trago. No has acabado ni la mitad del mojito y el mesero regresa con tu otra bebida y con la botana que osaste pedir. El reflujo te saluda y tú dices: naaa, si pido algo de comer, seguro todo baja chido. Tus recuerdos de la adolescencia se están rifando a putazos con la realidad. Prometen una nueva e inigualable experiencia. La música comienza a aturdirte. No logras conectar con la banda. Te sigues preguntando en qué vergas estabas pensando. Pero sigues, y la bebida se pone cada vez peor. Ni unas aguas locas te habían hecho sentir así hace 20 años. Te rindes. Pides la cuenta. Y con más rabia que tristeza, pagas y abandonas el lugar…

Bueno, este ejemplo se quedó pendejo con la basura que fue ir a ese concierto.

Mis recuerdos convulsionaron a lo largo del concierto. Ni la nostalgia, ni los aplausos ajenos, ni las letras que antes me hacían sentir feliz en mi adolescencia alcanzaron para disfrazar el cagadero.
Lo que quedó fueron las conversaciones con mis amigas. Las preguntas que rebotaban entre nosotras. La sensación de haber cruzado una frontera emocional: esa en la que el gozo ya no puede vivirse sin conciencia.

Esta nota no es sobre el pinche Syntek.
Es sobre lo que vino después.
Sobre lo que se fractura cuando te das cuenta de que tus ídolos no solo envejecen: también reproducen sistemas que lastiman. Y sobre cómo, aun así, hay algo en nosotras que quiere seguir cantando.

¿Podemos separar la obra del artista?
bell hooks dice que sí, pero no desde la inocencia: consumir cultura hegemónica puede ser válido si se hace con una conciencia crítica. Gozar, pero sabiendo desde dónde y con qué costo. No es negar el placer, es reconocer qué nos seduce y por qué.

Judith Butler nos recuerda que la cancelación no es justicia, sino una forma de exclusión que muchas veces no transforma nada. Expulsar a alguien no repara el daño, solo lo mueve de lugar. Lo que necesitamos —dice Butler— son estructuras colectivas de co-responsabilidad.
Pero, ¿cómo exigir eso a un artista que nunca ha sido parte de nuestra comunidad? ¿Qué tipo de responsabilidad tienen quienes viven del aplauso?

Audre Lorde escribió que el gozo profundo es una fuente de poder. Que cuando lo conocemos, dejamos de conformarnos con menos.
Reflexionar también es gozar. Pensar juntas, cuestionar, conversar con rabia y ternura: eso también es placer.

Al salir del lugar, una de mis amigas pidió un Uber. No habíamos cerrado la puerta cuando los gritos se volvieron una pasajera más de aquel viaje.
Unas a otras —y unas más que otras— injuriábamos, pero también cuestionábamos las posturas que el pendejete este había tomado. Justificábamos su ignorancia, contraatacábamos esa idea. La conversación subía y subía de tono.

Llegamos a los tacos.
Decidimos pagar con bilis para no llevarnos todo a aquella taquería. El conductor aceptó.
Pedimos tacos, y mientras pensábamos, mi amiga F soltó una de las revelaciones más grandes que he tenido en estos seis meses del 2025:
El mito del amor romántico no solo habita nuestras relaciones de pareja.
También aparece en la forma en que nos aferramos a figuras masculinas públicas.
Les perdonamos todo, con la esperanza de que un día cambien.
¿Cuántas veces nos decimos “se va a dar cuenta, nomás dale chance”, como si fuéramos responsables de su evolución?

Coral Herrera ha escrito que el amor romántico nos educa para creer que los hombres mejorarán con nuestro afecto. También con los artistas lo creemos.

Sara Ahmed habla de cómo las emociones no son individuales: se circulan, se contagian, se adhieren a cuerpos, objetos, canciones.
Cuando un artista nos emociona, lo que se genera no es solo goce personal, sino una estructura afectiva colectiva. Por eso es tan difícil soltar esa música: no es solo un ritmo, es una memoria.

Entonces, ¿qué hacemos cuando alguien a quien admirábamos se planta en el escenario y muestra todo lo que ya no podemos justificar?

Tal vez no hay una sola respuesta.
Algunas personas borran sus canciones.
Otras se quedan con una.
Algunas escribimos para entender.

Y en esa escritura también hay gozo.

Los cuestionamientos fueron y vinieron entre tacos, frijolitos, salsas y limones.
Bajamos y subimos el tono cuantas veces lo necesitamos.
Hubo mucho dolor.
Dolor que alquimizamos con rabia, con ira, con odio… y con el puto asombro, que cenó como una más de nosotras en esa taquería.

Ahí: unas pinches morritas entre 30 y 40 años acuerpándonos, sosteniendo nuestra complejidad humana y abrazando nuestra incongruencia.

Fuimos las últimas en irnos.
Por poquito y nos trapean.
Nos abrazamos mucho.

Y llevamos dos días escribiendo en nuestro chat secreto de conciertos que dan cringe, pero también lo veo como un espacio donde nos permitimos vivirnos con derecho al gozo sin ser juzgadas.

Es posible que un nuevo concierto habite ese lugar.
Y también sé que no dejaremos de cuestionar, pero tampoco de vivir todas las emociones que eso traiga consigo.

Este texto es para mis amigas, que me salvan y acompañan y a quienes amo profundamente.
Pero también para quienes creen que reflexionar no es amargarse.
Es asumir la incomodidad como camino.
Es entender que pensar juntas es una forma de cuidarnos. De elegir. De no anestesiarnos.

Quizá esa sea nuestra forma de amor más radical: la que no idealiza, pero tampoco deja de sentir.

Con amor,
Isita, la de las letras de lava.




Comentarios

Entradas populares