Elena
Mentiría si te dijera que no estuve ahí ese día, por que si lo hice, no solo te mire, también me convertí en el puño, en la silla y el suelo de concreto que recibió en ese seco abrazo a tu abuelo.
Me hubiera gustado advertirte antes, mucho tiempo antes, una vida o dos me hubieran bastado. Eras muy chica y yo ya estaba muy muerta. Intente resistir, si eso sirve en mi defensa, intente esperar a que nacieras, intente quedarme un poco más, aunque aquel acto no me asegurara nada. Pero ya estaba muy harta, que digo harta, ya estaba hasta la madre. De él, de mi fertilidad tan viva, que a mí me dejo tan muerta. Tan asqueada. Tan llena de abortos, de tanto crimen. Y es que por más que uno se piense fuerte a veces eso no basta. Eso de hacerte inmune a las chingaderas te jode a la larga, escúchame María, te chinga.
Lo que a mi de verdad me mato fue aceptar que mi miedo era más fuerte que mi coraje, que mi temor se lo había heredado a mi linaje, a mis hijas por poquito te lo heredo a ti. Lo bueno es que fuiste de las ultimas, la más consciente y te lo digo con orgullo, lo malo es que igual te chingo el cabrón de mi marido. Pero.. ah que buen madrazo le metimos, escuchaste bien, le metimos porque… yo, también me convertí en el puño, en la silla y en el suelo de concreto que con tanto gusto lo recibió.
Lo que a mi de verdad me mato fue aceptar que mi miedo era más fuerte que mi coraje, que mi temor se lo había heredado a mi linaje, a mis hijas por poquito te lo heredo a ti. Lo bueno es que fuiste de las ultimas, la más consciente y te lo digo con orgullo, lo malo es que igual te chingo el cabrón de mi marido. Pero.. ah que buen madrazo le metimos, escuchaste bien, le metimos porque… yo, también me convertí en el puño, en la silla y en el suelo de concreto que con tanto gusto lo recibió.
La enfermedad es cabrona, pero la vida más si no la miras de frente. Un día me di cuenta que llevaba más de dieciocho años embarazada, cogida, molida y con un pito degollándome. Ese día, me paré y me amague a la muerte. Era la única oportunidad que me quedaba, si en verdad quería sacarme de este mundo, lo malo fue que se me paso la mano, me invente una enfermedad nueva-nueva, tan nueva que ni si quiera la habían bautizado. - ¡Para que le cales mijita, hoy en día aún no saben como diagnosticarla!-. Esas son las peores, ni los doctores más chingones sabían qué hacer conmigo. Tú tía la güera, esa sí que me quería salvar, pobrecilla ni con el amante rico, ni con el hartero de especialistas que llegaron de Houston la libre, ¡Ni maíz palomas!.
Primero empecé a embarnecer a mis piernita, luego siguió el vello facial, mi piel se fue haciendo flaquiiiita –flaquiiita. Luego creí que un cambio de color me vendría bien, yo más bien parecía un atardecer con destellos rojos y naranjas, pero con erupciones volcánicas y una que otra escamita.
Por esas fechas los cansancios empezaron a incrementar, fue la época donde tus tíos más chicos y tu madre comenzaron a trabajar. Esos días yo me empecé a esconder del sol, porque por alguna razón, ese condenado astro me ulceraba la piel, pero ni con todo esto que te cuento el cabrón de tu abuelo me dejaba tranquila. El verano se acabo y yo comencé a rezar para que se le cayera el pito, para salvarme o para morirme, rezaba le pedía a Dios a diestra y siniestra y cuando vi que nada detendría al vejete ese, decidí castigarlo pero me acabe chingando gacho. Por eso te digo que se me paso la mano, María.
Perdí la fuerza, un doctor decía que algo de la neuropa…algo, me deforme y ni así le deje de gustar, pero lo había logrado había salido de casa, el hospital se había vuelto algo así como un bunker, el refugio perfecto para morir tranquila, ese día supe que salir ya no era una opción. Lo vi llorar un par de veces, creo que eso tampoco me dio paz.
Me acuerdo como tu madre llegaba en la noche. A las siete, era el cambio de turno y la dejaban pasar. A esas horas, para lo único que me alcanzaba la fuerza era para respirar. Entraba despaciiiito - despacito y caminando lento para no despertarme, se acercaba con mucho cuidado y casi sin tocarme besaba mi mejilla, se acercaba un poquito más y me olía. ¡Aaaah! como le gustaba olerme a tu madre, decía que olía como a pan dulce recién hecho. Esas fueron creo mis ultimas semanas, cada que se me acercaba rezaba y rezaba y le pedía al corazón de tu madre que te salvara, que te creyera, que te cuidaran o que me permitiera unos años más para advertirte.
Nunca me queje. Esas llagas que me invente fueron las únicas que me salvaron, ¿cómo crees tu que me iba a quejar si fueron ellas las que me sacaron? Siempre tuve buenas razones para quedarme, no más me faltaron huevos. Pero esos los use para morirme, para salvarme a mi modo, de la única forma que creí posible.
Y después de todas estás verdades, confieso que sí fui, que sí estuve, que vi todo. Vi como fuiste a partirle la madre al Juan. Confieso que mi morbo fue lo que me hizo esperar todo este tiempo. Espere con paciencia que de eso ya tengo mucho. Mis letanías parecían haber cobrado su fuerza. Podría revivir la escena una y otra vez. Tu sentada con toda la diplomacia del mundo, preguntándole al desgraciado este, por qué había hecho lo que hizo. Pero como siempre la tuvo que cagar, y con esa pinche ausencia de gracia que se cargaba, vomito su propia tumba: “no te preocupes mijita, alguien te va querer así…”. Yo creo que pasaron dos segundos cuando me convertí en tus puños, en tus ojos de asombro, en tus peligrosos dientes que rechinaban de la fuerza con que los oprimías y entonces fui yo la que hizo que tus piernas temblorosas se hicieron sustento y como si hubieran tocado la campana del ring, tumbaste en un knockout a tu abuelo. Ay! Pinche escena, no puedo parar de reír, de llorar, de convertirme en silla y tambalearme para verlo caer, de hacerme piso y recibirlo con toda la rabia, de ponerme dura esperando se rompiera la cabeza.
No hubo tanta suerte, no mas patas arriba, un pómulo hinchado y un -“hiiiiiija de la chingada”- que voló sin mayor fuerza y se apago junto con él.
Me quede parada, vi como tus manitas temblaban, vi como el miedo te recorría y las lagrimas rodaban sin dejarte ver casi nada y aún así encontraste el camino a la calle. También vi como tu tío Beto corría a auxiliar a su papá. Te oí ahogarte a dos calles, sentí como te sentabas para agarrar aire y luego un poco más para seguir a pie.
Gracias por volverte mis alas. Yo me convertí en cielo.
Me quede parada, vi como tus manitas temblaban, vi como el miedo te recorría y las lagrimas rodaban sin dejarte ver casi nada y aún así encontraste el camino a la calle. También vi como tu tío Beto corría a auxiliar a su papá. Te oí ahogarte a dos calles, sentí como te sentabas para agarrar aire y luego un poco más para seguir a pie.
Gracias por volverte mis alas. Yo me convertí en cielo.
Isabel Ceja - Taller Pelea y Escribe 2017
Foto: banco de imágenes
Foto: banco de imágenes
Y también con mucho amor a todas esas mujeres y hombres víctimas de abuso. Creanme y sepan que aún existimos muchos brazos, alas y oídos listos para contenerlos con mucho amor, porque eso que sí hay en el mundo mucho amor para repararnos juntos.
Y a mis colegas de Pelea y Escribe que me ayudaron a pulir con tanto amor mi corazón.

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Te quiero más Isita... ya no me dejes sin leerte, besitos
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