La traición vienen en bolsas de basura

 

- ¡Buenos días!
- ¡Buenos días damita!

Cartón derecho, cartón izquierdo se juntan como para darse un beso o un tiro. Las hojas lo impiden, las hojas caen en ese enorme saco de hebras súper resistentes, el mismo costal en el que los papás y mamás del pasado nos decían que nos llevarían si nos seguíamos portando mal, y al chile ahorita que lo veo si cabríamos todes alv.

¡plop, crash o clap! no sé qué onomatopeya usar para poder ilustrar el sonido de las hojas secas que caen en esa bolsa de tamaño multidimensional.
Los cartones se rejuntan, ya sin nada en medio que les impida darse kikos o chingadazos, algo se dan quién sabe, pero bien que se rejuntan, ¿tú qué dirías? La acción se repite una y otra vez hasta que ese montón de hojas desaparecen.

Cuando llegamos a Hacienda de Narvarte la vecina de arriba, la que se parece a Mafalda pero sin conciencia social, osea solo con ganas de echar pedo, me dijo que Aurelio era el señor que recogía la basura, me paso su celular y todo un año le marcamos cada que la orgánica y la inorgánica comenzaban a apestar.
Timbre, saludos, damita, entrega, pesos, billetes, bolsas, despedida.
Así cada vez que se necesitara.

No sé si un día reconoció nuestra voz o guardo nuestro teléfono, pero dejo de preguntar de qué edificio éramos, a veces solo confirmaba, - las de las ventanas doradas verdad, damita – asentíamos felices.
Hasta hace unos seis meses todo parecía normal, pero algo pasó, la competencia de Aurelio llego al barrio, alguien le dio llaves de nuestro edificio y el suplantador aplico la de gritar bien fuerte “basuraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa” en cada uno de los pisos. Al principio la ofensa fue brutal, del tipo de señora panista que oye la palabra aborto y se lleva la mano a la boca con desaprobación y gestos de mal gusto.

No entendíamos quién había osado darle esa llave a un forastero, pero sobre todo quién le había dado permiso de quitarle la clientela a nuestro amado Aurelio.
Con los meses la molestia persistió, pero olvidamos la ofensa y nomas nos quedamos con la cara de mal gusto, porque el eco que hacía el cubo del edificio era desagradable. Es parte de esa contaminación auditiva que si vives en la ciudad no te salvas, de hecho te atrapa y ni te das cuenta.

Llego el día en la que una de nosotras sin decidirlo lo traiciono, las bolsas nos rebasaron, la cocina ya emanaba hedor de gente proletaria que le falta tiempo para organizar su vida, esa vida que te roba la pinche jornada de este maldito sistema.
El señor se sentó fuera de nuestro departamento y grito un par de veces más. Como que yo siento que él sabía que lo necesitábamos o que estábamos a dos de claudicar. Con miedo ha ser descubiertas abrimos poquito y le dijimos que sí se podía llevar cuatro bolsas. Nos dió igual que nos viera con cara de cochinas, al fin no era Don Aurelio, pero su diferencial de pasar a diario y su altavoz incluido, ganó.
Susurros, billetes, susurros, bolsa negra, olores, susurros, despedida.

La culpa comenzó a encontrarle su encantó a los gritos diarios de la competencia directa de Don Aurelio, muchas veces entre nosotras nos mirábamos con cara de -¡tu ya te bañaste córrele que se nos va! -
El usurpador tenía tanto deseo por nuestra basura que parecía oler los departamentos donde sabía que había que gritar mas fuerte y siempre atinaba. Muchas veces seguimos en resistencia y de mula sacaba el teléfono y le marcaba a Don Aurelio para ver si podía pasar por la basura. - - ¡aguantemos, no nos rindamos! - nos gritaba la lealtad en nuestros corazones.
Al final la practicidad acababa ganando, aprovechar la vuelta del señor de la basura number two más que seducción, nos quitaba varios pesos de encima.

¿Será que Don Aurelio sabe que lo traicionamos? Yo creo que sí, no mames.
Mi vergüenza se comenzó a notar cuando con voz de regañada saludaba a Don Aurelio si me lo encontraba en las mañanas.
El cinismo ganó, el marketing diría que fue la gran atención al cliente, el seguimiento y que siempre hizo caso a las respuestas de la encuesta de satisfacción.
Yo creo que traicionamos a Don Aurelio, y a veces.. con culpa le marco y parece que hasta junto basurita para que no se de cuenta que lo hemos cambiado.
Seguro mañana encontraré otra vez a Don Aurelio recogiendo las hojas secas, con esos cartones que a ratos se pelean y otras se dan un arrimón.
Hasta siempre Don Aurelio, perdóneme, perdónenos.






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