Lo pude haber escrito en mi diario, pero no se me dio la gana.

De vez en cuando te googleo. Es algo que no puedo evitar. No sé si realmente no pueda o si simplemente no quiero; en verdad, aún no hay una respuesta clara u honesta para eso.

La penúltima vez fue hace como tres meses. Creo que aquella vez no encontré nada relevante: decenas de publicaciones sobre cierto anime que me revolcaron en un lodo inmenso de cringe. Me pregunté si yo conocía o reconocía a ese ser que pone toda su pasión y tiempo en esos hobbies. Me leo y me pregunto si son restos de ese venenoso prejuicio que tenía hacia las animaciones japonesas, y dejo que mi honestidad se macere para contestar desde lo real. Entonces me respondo que no, que genuinamente hoy reconozco el impacto que tienen sobre muchas películas gringas, que les roban el alma y lucran de este lado del mundo con ellas, haciéndolas pasar por grandes historias o producciones novedosas. Nada más alejado de la realidad.

Me miro en esa pantalla buscando restos de quien una vez amé con todo el corazón, de quien admiré y glorifiqué como un hombre distinto al resto de los hombres; un ser tan sabio que era seguro soñar a su lado y cuyo futuro prometía tanto. Pero no encuentro a nadie. Y no sé si sea porque nunca existió o porque siempre fue el mismo y yo lo adorné, y luego lo acepté.

Nunca lo sabré porque, a lágrimas y chingadazos, me hicieron bajarte de ese altar. Después de que mi psicóloga osara en decirme que tenía una fijación contigo, esa oración fue tan brutal que me perdí en mí durante dos meses, hasta que pude entenderla.

Pero, regresando, tal vez siempre fuiste ese. Tal vez romanticé tu obsesividad. Tal vez solo quería eso que promete la ultraderecha y confundimos con el único modelo de familia permitido en este mundo patriarcal.

Y entonces la duda de quién eres vuelve cada ciertos meses, igual que las ganas que les entran a los alcohólicos por beber un poquito. Esa obsesión es como mi propio buscador: gotitas de ti en lo más profundo de esas botellas tan bien etiquetadas, y hasta legales, llamadas Threads, Facebook, Instagram o X.

Escribo tu nombre y veo mi boca abierta, esperando que algunas gotas caigan sobre mi lengua y sacien mi adicción a la nostalgia, a ese sabor que yo sé que un día existió.

Tu nombre, previo a un arroba que sé que es tuyo, por primera vez me suelta un balazo. No me lo esperaba. Nunca quiero que sea, pero es. Y me prometo que esta será la última vez que te busque, porque duele. Duele como los huesos de los viejos cuando hace frío; como tu cuerpo tirado cuando alguien golpea tu estómago y te saca todo el aire. Duele y sabe a traición, ese sabor amargo que tienen las cervezas quemadas o los vinos avinagrados.

Duele, y yo sé que no me debes nada y que yo no te debo nada a ti. Pero sigo esperando. Espero que honres nuestra historia, que la recuerdes o quieras recordarla como algo que fue "bonita u honesta", aunque ya no sea.

Pero tú no me debes nada. En cambio, tienes todos los derechos de autor sobre tu historia. Esa historia que, para mí, es un híbrido de esas mismas de las que tanto tuiteas, pero que al mismo tiempo traicionas y tropicalizas para el consumo de esos otros que te leen y empatizan contigo.

Y yo sigo en el piso, aceptando que las historias son eso, historias, y que la verdad (no la tuya ni la mía, sino la verdad) nunca podrá ser contada por nadie, porque nuestro narrador y nuestra narradora, están muertxs.

"Llevo como tres años trabajando en terapia cómo pude estar tanto tiempo en una relación tan horrible..."  alcanzo a leer en la poquita descripción que te da google. 

Y, así como la culpa de una alcohólica, la vergüenza de una adicta y la cruda, me atacan antes de volverme a obsesionar.

Necesito leer ese post completo, me ordeno.

Me siento tan triste, tan avergonzada, tan perdedora. Y, aun así, logro llegar al muy pequeño, pero necesario, final de ese post.

"...Y me siento re wey por eso. Pero luego los veo ilusionarse otra vez con la Selección y pienso que es sociocultural y se me pasa.

Estoy sentada, llorando y diciéndome que esto no se lo contaré a nadie; que no tengo por qué regresar a contarles a mis amigas o a mí psicóloga este episodio, porque sé lo que dirán. Porque yo misma me lo digo y sé que esto lo tengo que parar. Que sea o no disonancia cognitiva, esto tiene que parar.

Y me doy golpecitos en la espalda y soy tremendamente gentil conmigo. Me digo que no importa; que el hecho de que él use de una manera tan común y tan poco compleja su relación para una publicación tan perramente pendeja solo duele por los restos de fijación que aún me quedan.

Entonces abro mi Blogspot y me pongo a escribir. No sé si es para convertir esto en otra entrada de mi rehab trimestral o simplemente la revancha que necesito para no sentirme humillada, con esa estela de superioridad moral que abandero y que ya no niego.

Ya no niego la perra, o la culerilla, que puedo ser. Pero igual me arde la cola. Te maldigo y me duele el tiempo que invertí en averiguar cuál era el final de ese pinche posteo, todo pendejo, igual de pendejo que todos los anteriores.

Ojalá me vuelvas a bloquear de todos lados para que pueda rendirme. Ojalá te vuelvas a pinche desaparecer. Y ojalá tu pinche horrible relación que tanto ladras te alcance para seguir comparándola con la ilusión de tu Selección mexicana.

Mientras tanto, yo juro, como juran las personas que le prometen a Dios que dejarán de beber. Le juro a la Virgencita que guardaré mi dignidad y que le pintaré un exvoto por cada arroba que teclee para encontrarte. Me imagino los colores, las letras chuecas y mi figura lejos de la computadora, o una equis enorme sobre la pantalla que ilustre que ya no volveré a hacerlo.

CHTPM, pendejo.

Gracias, Virgencita.



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